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Hola,
Soy Laura Sánchez, redactora de Papernest, y editora de la sección del blog que se ocupa del apartado de información y temas relacionados con energía, nuevas tendencias y sostenibilidad.
Creemos que podría interesarte nuestro artículo más reciente sobre cómo el consumo energético del cerebro humano contrasta con el de la inteligencia artificial y qué implica ese desequilibrio para el crecimiento de los centros de datos y el sistema eléctrico.
Te enviamos este artículo pensando que podría ser interesante para ti y para tus lectores. Puedes publicarlo tal cual está o modificarlo a tu gusto en función de tus necesidades editoriales. Si necesitas imágenes adicionales, no dudes en ponerte en contacto con nosotros.
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Fuente: papernest.es
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Imitar la mente humana exige energía a escala industrial
El cerebro humano mantiene actividad constante con apenas unos 20 vatios, una potencia equivalente a una bombilla de bajo consumo. Sin embargo, los sistemas que tratan de imitar sus capacidades cognitivas requieren instalaciones de escala industrial. La inteligencia artificial no replica la eficiencia biológica, la sustituye por infraestructura eléctrica. El resultado es un debate creciente: cuanto más sofisticada es la simulación digital de la mente, mayor es la presión sobre el sistema energético.
Cerebro humano como referencia energética
Durante décadas se asumió que la inteligencia dependía sobre todo de complejidad computacional, pero la biología introduce otra variable: el coste energético. El cerebro opera de forma continua con un consumo mínimo, mientras un modelo avanzado necesita enormes granjas de servidores para tareas concretas. El contraste obliga a medir la tecnología en magnitudes de consumo eléctrico como el megavatio.
Este rendimiento no es ocasional. La percepción visual, el lenguaje o la memoria funcionan sin picos industriales de potencia. La eficiencia neuronal redefine la idea de progreso tecnológico. Frente a ello, la expansión digital incrementa la huella de carbono asociada al procesamiento masivo de datos.
Traslado del coste energético a la vida cotidiana
La diferencia entre cerebro y máquina no queda en el laboratorio. Para sostener servicios digitales permanentes se requieren centros de cálculo conectados día y noche. El gasto eléctrico de la inteligencia artificial se integra en la economía real y termina reflejándose en variables domésticas como el precio de la luz.
La cuestión empieza a ser estructural. El crecimiento de la energía de la inteligencia artificial obliga a planificar redes, generación renovable y capacidad de transporte. El desarrollo tecnológico deja de ser solo informático y pasa a formar parte de la política energética.
Centros de datos y límites de la eficiencia
Las empresas tecnológicas destacan mejoras en refrigeración líquida, optimización térmica y reutilización de calor. Cada operación informática consume menos que antes, pero el número total de operaciones se multiplica. La industria intenta reducir el consumo energético mientras el uso global continúa creciendo.
El cerebro demuestra que la inteligencia puede ser extremadamente barata en términos eléctricos; la inteligencia artificial demuestra que la simulación de esa inteligencia es extraordinariamente costosa. El progreso tecnológico depende también de la electricidad disponible y no solo del desarrollo de algoritmos.
Fuente: papernest.es
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