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Hola,
Soy Laura Sánchez, redactora de Papernest, y editora de la sección del blog que se ocupa del apartado de información y temas relacionados con energía, nuevas tendencias y sostenibilidad.
Creemos que podría interesarte nuestro artículo más reciente sobre cómo las recetas virales de TikTok pueden inspirar hábitos sostenibles y acercar la transición energética a la vida diaria. Analizamos desde prácticas domésticas accesibles hasta proyectos globales que combinan alimentación y energía, mostrando que incluso cocinar puede ser un acto de cambio positivo para el planeta.
Te enviamos este artículo pensando que podría ser interesante para ti y para tus lectores. Puedes publicarlo tal cual está o modificarlo a tu gusto en función de tus necesidades editoriales. Si necesitas imágenes adicionales, no dudes en ponerte en contacto con nosotros.
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Fuente: papernest.es
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Las recetas virales de TikTok que también pueden salvar el planeta
En los últimos años, TikTok ha convertido recetas en fenómenos virales. La baked feta pasta, el salmon rice bowl de Emily Mariko o los panes caseros hechos en sartén han acumulado millones de visualizaciones. Más allá del entretenimiento, estos vídeos breves han puesto el foco en gestos cotidianos, conectándolos con algo más profundo: cocinar de forma consciente en un mundo marcado por el consumo acelerado y las soluciones inmediatas.
Una receta viral no es solo contenido efímero. Cada ingrediente, cada técnica y cada decisión en la cocina tiene un impacto en la forma en que consumimos energía, gestionamos recursos y entendemos nuestra relación con el entorno. En este contexto, la gastronomía se convierte en una puerta de entrada accesible a la sostenibilidad y a la transición energética, mientras TikTok actúa como altavoz de prácticas que empiezan en casa y dialogan con desafíos globales.
Cocinar también es una decisión energética
Cuando se habla de transición energética, solemos pensar en paneles solares, aerogeneradores o grandes infraestructuras, sin embargo, el sector energético también atraviesa la cocina. En una vivienda es posible reducir el consumo eléctrico eligiendo electrodomésticos eficientes o planificando su uso en las horas más baratas de luz, pero existen otros gestos igual de relevantes y mucho más accesibles:
Planificar un menú semanal evita desperdicios y reduce compras impulsivas.
Si la superficie lo permite, crear un pequeño huerto en casa disminuye la dependencia de cadenas de suministro largas y energéticamente costosas.
Aprender a hacer conservas o tener un sistema de compostaje frena el desperdicio de alimentos y convierte restos orgánicos en fertilizante para las plantas.
Estas prácticas tienen una gran ventaja: acercan la sostenibilidad y la transición energética a la vida diaria, sin necesidad de grandes inversiones ni conocimientos técnicos.
Gastronomía y energía a gran escala
En distintos lugares del mundo ya existen proyectos que entienden la alimentación como punto de partida para una transición energética más justa y humana. Estas iniciativas no solo reducen la huella de carbono, sino que también evidencian problemáticas sociales y culturales como el acceso a la energía y su coste (por ejemplo, el precio del gas natural, que influye directamente en la producción y preparación de alimentos), factores que condicionan los modelos actuales de consumo.
World Central Kitchen (WCK) La ONG del chef español José Andrés, combina la preparación de alimentos para causas sociales con sistemas energéticos sostenibles. Su labor demuestra que cocinar puede además de alimentar, generar impacto ambiental positivo y salvar vidas. Desde zonas de guerra hasta catástrofes naturales, su premisa es clara: nadie debería morir de hambre.
Arca Tierra, en México, impulsa huertos comunitarios basados en la tradición de las milpas. El proyecto prioriza la cultura culinaria y agrícola local, ofreciendo una alternativa de abastecimiento frente a la demanda masiva y los modelos industriales intensivos en energía.
La dicotomía entre querer y poder ser sostenibles
A pesar del creciente interés por hábitos sostenibles y la constante presencia del discurso ecológico, existe una brecha evidente entre la intención y la posibilidad real de aplicarlos. Muchas personas no pueden adoptar estas prácticas por razones económicas, falta de infraestructura o acceso limitado a tecnologías verdes.
Esta fragilidad del sistema se hace especialmente visible en situaciones cotidianas como por ejemplo, en los cortes de luz, que evidencian la dependencia de redes poco resilientes y la dificultad de avanzar hacia modelos más sostenibles y accesibles para todos.
Paneles solares, cocinas inteligentes o alimentos ecológicos, siguen fuera del alcance de numerosos hogares.
La vida moderna, basada en cadenas de consumo rápidas y globalizadas, dificulta integrar hábitos sostenibles en la rutina diaria. Cuando se proponen alternativas, a menudo resultan caras.
La desigualdad en infraestructuras limita el acceso a energía limpia, transporte eficiente o mercados locales de alimentos frescos.
Las políticas públicas, aunque bienintencionadas, suelen verse frenadas por la burocracia, generando un desfase entre discurso y acción. El resultado es claro: muchas personas quieren ser sostenibles, pero el sistema limita sus opciones.
Proyectos que apuntan al futuro energético
Cuando los cambios individuales no son suficientes o no están al alcance de todos, la transición energética necesita apoyarse en proyectos colectivos que unan alimentación, energía y justicia social. En distintos puntos del mundo, estas iniciativas demuestran que avanzar hacia modelos más sostenibles también implica garantizar el acceso a los recursos básicos, incluso en contextos extremos o de alta vulnerabilidad.
La Bóveda Global de Semillas de Svalbard en Noruega, protege millones de semillas y asegura la diversidad alimentaria frente a desastres climáticos o conflictos futuros.
La empresa Avangrid, en Estados Unidos, utiliza cabras y ovejas para controlar la vegetación en parques solares y líneas eléctricas, reduciendo emisiones y mantenimiento mecánico mientras fertilizan y cuidan el suelo.
Los huertos solares en Alaska combinan energías renovables con producción local de alimentos en climas extremos, demostrando que la innovación puede adaptarse a cualquier territorio.
Estos proyectos demuestran que la sostenibilidad y la transición energética no son conceptos abstractos reservados a grandes cumbres internacionales, sino procesos que se construyen desde lo cotidiano hasta lo estructural. Desde una receta replicada en casa hasta iniciativas colectivas que garantizan el acceso a recursos básicos, la forma en que producimos y consumimos alimentos está estrechamente ligada a cómo entendemos la energía y su uso responsable.
En un mundo acelerado y desigual, cocinar deja de ser solo un gesto doméstico para convertirse en un punto de partida, pequeño pero significativo, de un cambio más amplio que conecta hábitos individuales, inversión colectiva y justicia energética.
Fuente: papernest.es
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