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Soy Laura Sánchez, redactora de Papernest, y editora de la sección del blog que se ocupa del apartado de información y temas relacionados con energía, nuevas tendencias y sostenibilidad.
Creemos que podría interesarte nuestro artículo más reciente, que analiza cómo el auge de la inteligencia artificial está transformando el sistema energético global y por qué la soberanía energética se ha convertido en un factor clave para la competitividad económica y tecnológica, especialmente en Europa.
Te enviamos este artículo pensando que podría ser interesante para ti y para tus lectores. Puedes publicarlo tal cual está o modificarlo a tu gusto en función de tus necesidades editoriales. Si necesitas imágenes adicionales, no dudes en ponerte en contacto con nosotros.
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Fuente: papernest.es
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La soberanía energética marca el ritmo de la inteligencia artificial
En 2024, los centros de datos ya consumieron más electricidad que países enteros, como Argentina o los Países Bajos, y la inteligencia artificial es el principal acelerador de esa demanda. Mientras el debate público sigue centrado en chatbots y aplicaciones, el impacto real de la IA se está produciendo en el sistema energético global. La pregunta clave ya no es qué modelo es más avanzado, sino quién puede permitirse alimentarlo, con implicaciones directas para la economía, los precios de la energía y la soberanía tecnológica de Europa.
La economía industrial de la inteligencia artificial
A diferencia de la revolución digital de los años 2000, basada en software y costes marginales decrecientes, la inteligencia artificial responde a una lógica industrial clásica. El entrenamiento y operación de modelos avanzados exige infraestructuras físicas intensivas en capital y consumo eléctrico continuo, una relación cada vez más evidente entre inteligencia artificial y energía. Esta transición explica por qué grandes tecnológicas están asegurando suministro energético a largo plazo: Amazon se ha convertido en uno de los mayores consumidores corporativos de electricidad del mundo, con más de 20 gigavatios de capacidad renovable contratada, una cifra comparable al consumo anual de países medianos.
Esta presión energética está dando lugar a una reindustrialización silenciosa, menos visible pero igual de determinante que las anteriores. No hay fábricas ni chimeneas, pero sí una transformación estructural que se manifiesta en:
La proliferación de centros de datos que operan de forma continua y dependen de suministro eléctrico estable.
Redes eléctricas cada vez más tensionadas, diseñadas para una demanda que crece más rápido que la oferta.
Contratos energéticos firmados a décadas vista, que condicionan la localización y escalabilidad de la IA.
La conversión de la energía en un activo estratégico, que deja de ser un coste operativo secundario.
La presión energética sobre la economía real
El efecto de esta transformación se traslada directamente al bolsillo del consumidor y a las decisiones empresariales. La demanda eléctrica impulsada por la IA crece mucho más rápido que la oferta, lo que incrementa la volatilidad del precio de la luz y añade presión a un mercado ya condicionado por tensiones geopolíticas y regulatorias. La energía, antes abundante y relativamente predecible, se ha convertido en un factor de riesgo económico estructural, con impacto directo sobre la tarifa de luz que pagan hogares y empresas.
El capital está leyendo esta señal con claridad. En 2023, Amancio Ortega adquirió el 49 % de una cartera de activos renovables de Repsol, con más de 600 megavatios de capacidad instalada, en una operación valorada en torno a 740 millones de euros. No se trata de una apuesta tecnológica, sino de una inversión en un recurso limitado y no sustituible. En paralelo, Elon Musk ha insistido en que los activos digitales dependen del mercado energético, subrayando que la economía digital no escapa a los límites físicos.
Geopolítica energética y poder tecnológico
El contraste geopolítico es cada vez más evidente. China ha optado por un modelo de integración vertical, en el que energía, industria y tecnología forman parte de una misma estrategia. Más del 40 % de su electricidad procede ya de fuentes limpias, y el complejo energético-tecnológico aporta alrededor del 10 % de su PIB, respaldado por inversiones anuales que superan el billón de dólares. Esta estructura le permite escalar tecnologías intensivas en consumo eléctrico sin depender de mercados externos fragmentados.
Europa, en cambio, afronta una dependencia energética estructural y un mercado energético fragmentado que limita su ambición tecnológica. Análisis recientes de papernest apuntan a que esta fragilidad no es coyuntural, sino un límite estructural para el desarrollo económico y digital del continente. En un contexto de tensión creciente sobre las redes, incluso escenarios antes excepcionales, como los cortes de luz, vuelven a formar parte del debate. Sin soberanía energética, la soberanía digital se diluye, y en la carrera de la inteligencia artificial la ventaja no la marcarán solo los algoritmos, sino quién puede garantizar acceso estable y asequible a la energía que los hace posibles.
Fuente: papernest.es
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